Decenas de cristianos han sido secuestrados por grupos radicales fulani en Nigeria y retenidos en campos clandestinos, donde son privados de alimentos y sometidos a torturas sistemáticas. La comunidad internacional aún no responde con contundencia.

La violencia religiosa en Nigeria ha alcanzado niveles alarmantes. En los últimos meses, extremistas vinculados a la etnia fulani han intensificado sus ataques contra comunidades cristianas, especialmente en los estados de Benue, Plateau y Kaduna. Según denuncias de organizaciones defensoras de derechos humanos, los fulani han establecido campos de reclusión donde mantienen a cristianos secuestrados en condiciones inhumanas: sin acceso a alimentos, sometidos a torturas físicas y psicológicas, y bajo amenazas constantes.
El objetivo de estos grupos radicales, según líderes locales como el sacerdote Ihyula de Benue, es claro: conquistar territorios cristianos y establecer un califato islámico en Nigeria. Esta ofensiva no solo ha dejado miles de muertos, más de 7.000 en los primeros siete meses del año, sino que ha desplazado a comunidades enteras, destruyendo aldeas, cultivos y medios de vida.
Los testimonios de sobrevivientes del ataque al pueblo de Yelwata revelan una realidad desgarradora. Familias enteras han perdido sus hogares, alimentos, ropa y medicamentos. Los rehenes, aislados en campos de terror, no reciben ningún tipo de ayuda humanitaria. La situación se agrava por la presunta complicidad de sectores militares, acusados de participar en al menos 410 asesinatos mediante criminalización religiosa.
La persecución incluye asesinatos, conversiones forzadas, destrucción de templos y patrimonio cultural cristiano. A pesar de las múltiples denuncias, la respuesta de las autoridades nigerianas y de la comunidad internacional ha sido insuficiente. Líderes religiosos han pedido sanciones contra quienes financian o apoyan estas acciones, pero hasta ahora no se han tomado medidas concretas.


