Un nuevo análisis global revela que las generaciones jóvenes dependen cada vez más de la riqueza acumulada por sus padres para alcanzar la estabilidad financiera, un fenómeno que redefine la movilidad social y pone en duda el ideal de la meritocracia.

Durante décadas, el relato del éxito económico se basaba en la educación y el trabajo duro. Sin embargo, estamos entrando en la era de la «herenciocracia». Este término describe una estructura social donde el factor determinante para comprar una vivienda, invertir o jubilarse no es el salario mensual, sino la magnitud de la herencia o las transferencias de riqueza familiar.
Varios factores han consolidado esta tendencia:
- Costo de vida y vivienda: El aumento exponencial de los precios de las propiedades ha hecho que el ahorro mediante el salario sea insuficiente para acceder a una primera vivienda sin ayuda externa.
- Acumulación en los «Baby Boomers»: Las generaciones anteriores lograron acumular activos en condiciones de mercado más favorables, concentrando un capital que ahora fluye hacia sus hijos en momentos críticos de su vida adulta.
- Estancamiento salarial: Mientras los activos (casas, acciones) han subido de valor, los salarios reales no han crecido al mismo ritmo, ensanchando la brecha entre quienes tienen respaldo patrimonial y quienes no.
Este fenómeno está creando una división profunda entre dos tipos de jóvenes: aquellos con padres propietarios y aquellos cuyos padres son inquilinos. Para los segundos, el ascenso social se ha vuelto una montaña casi imposible de escalar, independientemente de sus títulos académicos. La «herenciocracia» premia la lotería del nacimiento por encima del talento, lo que podría desincentivar la productividad y aumentar el resentimiento social en las próximas décadas.


