La carrera electoral en Bolivia ha entrado en una fase turbulenta con el enfrentamiento abierto entre Samuel Doria Medina y Jorge Tuto Quiroga, líderes de las alianzas Unidad y Libre, respectivamente. Lo que comenzó como una disputa por la falta de unidad opositora ha escalado en una guerra de acusaciones personales y vínculos con el narcotráfico, generando preocupación por el deterioro del debate político.

El detonante fue la revelación de que Karla Robledo, entonces candidata a senadora por Santa Cruz en la alianza Unidad, es hija de un narcotraficante condenado en Estados Unidos. La noticia provocó su renuncia inmediata, pero también desató una ofensiva desde Libre, que acusó a Doria Medina de financiar su campaña con dinero ilícito.
En respuesta, Unidad calificó las acusaciones como parte de una “guerra sucia” orquestada por Quiroga. Doria Medina aseguró que desconocía los antecedentes familiares de Robledo y que su inclusión en la lista fue propuesta por el partido Creemos. A su vez, su equipo contraatacó señalando que el padre de un alto dirigente de Libre estaría vinculado al escándalo del exbanco Fassil, insinuando un doble discurso por parte de sus adversarios.

El analista político Ricardo Paz advirtió que este tipo de confrontaciones solo beneficia al oficialismo. “Mientras los opositores se destruyen entre sí, el candidato del MAS, Andrónico Rodríguez, se fortalece como una opción estable para el electorado”, afirmó.
La guerra sucia entre Doria Medina y Quiroga no solo erosiona la credibilidad de sus campañas, sino que también debilita la posibilidad de una alternativa sólida frente al oficialismo. En un contexto donde la ciudadanía exige propuestas y transparencia, el espectáculo de acusaciones cruzadas podría tener un alto costo político para ambos líderes.


