Las marcadas diferencias estratégicas y políticas entre el secretario general y el jefe de gabinete han generado una parálisis administrativa que afecta la imagen y operatividad de la segunda oficina más importante del Estado.

Según informes recientes, la falta de cohesión entre estas dos figuras de confianza ha derivado en un «debilitamiento institucional» que trasciende las paredes del edificio vicepresidencial, afectando la ejecución de políticas y la coordinación con otras instancias gubernamentales.
El conflicto parece radicar en visiones contrapuestas sobre el manejo de la agenda política y la gestión de recursos humanos. Esta división ha creado bandos internos, lo que dificulta la toma de decisiones ágiles y ha generado un ambiente de incertidumbre entre los funcionarios de carrera. Analistas señalan que, en lugar de funcionar como un engranaje de apoyo al Ejecutivo, la institución se ha visto sumida en una disputa de espacios de poder que ralentiza sus funciones constitucionales.
Esta situación no solo desgasta la gestión técnica, sino que proyecta una imagen de inestabilidad hacia la opinión pública. La incapacidad de resolver estas discrepancias de forma interna ha provocado que las filtraciones sobre la mala relación entre Paz y Lara lleguen a los medios, evidenciando que la estructura jerárquica de la Vicepresidencia no está logrando contener las ambiciones o diferencias personales de sus cuadros directivos.


