Durante el primer año de su segundo mandato, Donald Trump ha puesto sobre la mesa una idea que ha encendido las alarmas en el ámbito político: «nacionalización» de las elecciones, a través de propuestas para centralizar el control de las votaciones y renovadas acusaciones de irregularidades, el mandatario busca alterar un sistema que tradicionalmente reside en manos de los estados, generando una ola de críticas por la posible vulneración de principios constitucionales.

Según declaraciones recientes, el mandatario sugiere que el gobierno federal debería tomar el control de los procesos de votación en al menos 15 jurisdicciones estratégicas, esta propuesta choca directamente con la Constitución estadounidense, que otorga a los 50 estados la soberanía para organizar y supervisar sus propios comicios.
Expertos legales y constitucionalistas han advertido que estos movimientos no solo carecen de sustento jurídico, sino que ponen en riesgo la separación de poderes diseñada para evitar fraudes y abusos de autoridad. Mientras tanto, el Partido Demócrata interpreta estas acciones como una estrategia para blindar al oficialismo ante las proyecciones que sugieren una posible pérdida del control en ambas cámaras del Congreso tras las elecciones del 3 de noviembre.
La ofensiva presidencial no se limita a lo retórico. Recientemente, el gobierno ha interpuesto demandas en una veintena de estados para acceder a registros de votación y ha utilizado agencias federales, como el FBI, en investigaciones relacionadas con procesos electorales pasados. Incluso figuras del entorno cercano al presidente han sugerido medidas extremas, como el despliegue de agentes de inmigración (ICE) cerca de los centros de votación, lo que organizaciones civiles denuncian como un intento de intimidación al votante y de sembrar dudas sobre la legitimidad de los futuros resultados.


